Líneas y puntos para una historia no lineal Miguel Ángel Baixauli. Texto del catálogo de la exposición "Lo que resuena desde abajo" de Anja Krakowski
Líneas y puntos para una historia no lineal
Miguel Ángel Baixauli
La función constitutiva de las prácticas artísticas implica que su función central no consiste en contar historias, sino en crear dispositivos en los que la historia pueda hacerse.
Félix Guattari
La teleología occidental ha construido a lo largo de los siglos la narrativa dominante de una historia lineal que estaría en continuo, necesario e inevitable «progreso». Esta línea imaginaria, convertida ya en sueño y pesadilla de la era global, podríamos representarla salpicada aquí y allá de puntos críticos (cambios de paradigma, transformaciones más o menos progresivas o súbitos seísmos disruptivos) que constituirían las llamadas revoluciones tecnológicas.
Líneas y puntos, pues. Las líneas y puntos del código Morse que utilizaban los antiguos telégrafos componen la principal clave formal de esta fascinante exposición de Anja Krakowski, creada específicamente para la Casa del Cable de Xàbia (Alicante). En este último trabajo de la artista, lo que resuena desde abajo con más profundidad es, precisamente, el cuestionamiento de la linealidad del progreso y de la necesidad e inevitabilidad de sus puntos críticos. Krakowski compone una auténtica danza espacial de formas y ritmos a través de materiales, lenguajes y saberes que han quedado excluidos de la verticalidad progresiva de los desarrollos tecnológicos, en un gesto artístico de reparación y resignificación que hace resonar los fundamentos mismos de dicha exclusión. Se activa con ello una forma de escucha, de traducción, de transcodificación y de transducción que prolonga en esta exposición investigaciones anteriores de la artista, quien afina ahora su mirada crítica hacia las ruinas que produce el desarrollismo tecnológico, en una confrontación explícita de los procesos manuales con los procesos industriales.
Una historia inédita de la tecnología y sus deshechos emerge entonces, en la que el cable telegráfico submarino que conectaba Xàbia con Ibiza a finales del siglo XIX ejerce de hilo conductor para una historia no lineal. En ella se conjugan temporalidades múltiples, bifurcaciones, paisajes fragmentarios y patrones rítmicos y visuales que quiebran transversalmente las narrativas dominantes sobre el desarrollo humano. «La moderna presunción humana», que diría Anna L. Tsing, queda evidenciada en esta exposición a través de gestos escultóricos que hacen emerger, como de lo más profundo de las aguas, rastros semióticos y materiales sobre formas de vida que han sido arrasadas o que están amenazadas de desaparición por el desarrollo tecnocapitalista. Diría que a lo que se apela en última instancia con ello es, utilizando las palabras de Tsing, a hacer resonar desde las ruinas «los paisajes fragmentarios, las temporalidades múltiples y los conjuntos cambiantes de humanos y no humanos, todo lo que constituye la esencia de la supervivencia colaborativa»[1].
En tiempos de Inteligencia Artificial (IA) y de exposiciones inmersivas, Krakowski opta por las materias vivas y por la resurrección de aquellas que han sido convertidas en deshechos obsoletos, por la activación y resignificación de oficios y saberes manuales desaparecidos o en riesgo de desaparición, por el cuestionamiento de las fronteras entre arte y artesanía y, también, por la crítica frontal a las formas industriales de destruir mundos. El tipo de inmersión que reclama Krakowski en su exposición es, por lo demás, muy otra, una profundamente evocadora de posibilidades todavía vivas para otros mundos posibles.
Sin excluir la IA como una herramienta y un contenido más en la composición de esta exposición, en ella resuena fuertemente (a través de estratos temporales y materiales que se hacen espacio, volumen y signo vivo) que tras los desarrollos tecnológicos siempre hay elecciones y exclusiones, que no se trata de un supuesto «progreso» ineludible en una única dirección posible, sino de un trazado contingente diseñado a partir de intereses muy determinados. Como escribe el filósofo mexicano Manuel DeLanda: «La historia humana es una narrativa de contingencias, no de necesidades; de oportunidades perdidas para seguir líneas diferentes de desarrollo, no de una sucesión lineal de formas de convertir la energía, la materia y la información en productos culturales»[2]. Algunas de esas
La actual aceleración de la IA podría considerarse, por una parte, como el paroxismo de la narrativa teleológica dominante sobre el «progreso», pues se presenta como el desarrollo necesario e ineludible de la tecnología más revolucionaria de la historia de la humanidad, según gritan sus voceros. Pero, al mismo tiempo, la desbocada carrera competitiva desatada entre los grandes profetas del marketing de IA pone en crisis esa supuesta historia lineal. Prometen avances revolucionarios en todos los campos, sin dejar de amenazar a la vez con todo tipo de peligros: unas consecuencias ecológicas y energéticas catastróficas, la desaparición masiva de oficios y de empleos, la mayor acumulación de capital y poder en manos privadas jamás vista e incluso el advenimiento del mismísimo apocalipsis. La historia lineal del «progreso» parece entonces deshacerse en mil pedazos. En este quiebre histórico, las historias menores no lineales que hace emerger Anja Krakowski hacen resonar también estos peligros actuales con ecos olvidados del pasado, abriendo con ello espacios de pensamiento para reflexionar sobre nuestros propios puntos críticos presentes.
El uso que hace Krakowski de la IA generativa en Lo que resuena desde abajo apunta a otro de esos peligros: la expropiación cognitiva. Como ella misma narra en un texto incluido en este catálogo, sus intentos de conseguir a través de la IA generativa una imagen que diera cuenta de la deforestación operada en Malasia en condiciones coloniales para obtener la gutapercha (una goma utilizada para aislar los primeros cables telegráficos submarinos) fueron repetidamente frustrados por los intransigentes sesgos racistas y estereotipos coloniales embebidos en estas nuevas máquinas cognitivas. Así como en el resto de la exposición se ha usado la representación del código Morse con materiales artesanales, transmutándolo en gestos escultóricos o trazos sonoros dentro de un complejo palimpsesto estético, aquellas imágenes de seres humanos que Anja quería extraer de una IA generativa (pues el archivo visual existente al respecto es muy escaso) han sido sustituidas en su obra por una combinatoria de puntos y de líneas que hace explícita, capa sobre capa y contexto sobre contexto, la expropiación a la que estamos siendo sometidos por estas máquinas cognitivas de IA, que son también máquinas de guerra y de colonización.
El cableado submarino es uno de los ecos del pasado que resuena más profundamente en esta exposición: el cable telegráfico que comunicaba Xàbia con Ibiza conecta directamente con la infraestructura crítica de cableados submarinos interoceánicos de fibra óptica que sostienen actualmente la red mundial de telecomunicaciones (fundamental para la existencia de Internet). Anja Krakowski está atenta en su obra a estos ecos que resuenan desde abajo, como que la euforia tecnológica suele venderse como solución a los problemas que ella misma crea o que cuando soluciona un problema localizado desplaza la presión ecológica hacia otras latitudes, sin dejar en ningún caso de maximizar su extractivismo. Los patrones rítmicos y visuales inspirados en el código Morse que componen la «música» de esta exposición traen también a la memoria, por otra parte, a los quipus andinos o a aquellos otros patrones geométricos utilizados por las más diversas culturas ancestrales en sus artesanías, siempre profundamente ligados a la naturaleza, a la protección colectiva y a la cosmovisión de cada pueblo.
Suspendidas entre la memoria y la desaparición, siguen sin embargo abiertas las posibilidades de seguir líneas diferentes de desarrollo.
[1] Anna L. Tsing, La seta del fin del mundo. Sobre la posibilidad de vida en las ruinas capitalistas. Capitán Swing, Madrid, 2021.
[2] Manuel De Landa, Mil años de historia no-lineal. Una deconstrucción de la noción occidental del progreso y de la temporalidad. Gedisa, Barcelona, 2017. DeLanda escribe en inglés, y tanto en las ediciones anglosajonas como en las más recientes traducciones de sus libros su apellido se escribe DeLanda, aunque en esta edición de Gedisa aparezca separado (De Landa).
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